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EL BEBÉ PUEDE OLER
EL AMOR Y EL RECHAZO
Nuevas claves para comprender el desarrollo infantil temprano
Resumen.
Partiendo del concepto de “calidad del apego” de S. Bowlby y de M.
Ainsworth, y teniendo en consideración los recientes
descubrimiento sobre el olfato y la precocidad de los sistemas
perceptivos, comunicativos y adaptativos del recién nacido, se
ofrecen las claves del reconocimiento olfativo del grado de
calidad del vínculo recién establecido entre madre y niño. Hay un
reconocimiento sensorial - en un inicial y trascendental período
crítico -del afecto, o de su ausencia, que podría resultar
determinante para el posterior desarrollo cerebral del neonato.
Abstract.
Starting of the concept of "quality of the attachment" of S.
Bowlby and of M. Ainsworth, and having in consideration the recent
discovery on the olfaction and the precocity of the perceptive,
communicative and adaptatable systems of the newborn, the
hypothesis of a possible smell recognition of the level of quality
of the recently established bond settled down between mother and
child. There would be a sensorial recognition - in an initial and
trascendental critical period - of the affection, or of its
absence, that could be decisive for the later cerebral development
of the newborn.
Nadie dudaría de que el afecto temprano sea básico para un buen
desarrollo infantil. Esto lo hemos sabido siempre. Pero ahora
tenemos las claves científicas necesarias, no sabemos si son aún
suficientes, para mantener hipótesis que en algunos momentos
podrían considerarse arriesgadas.
La historia se remonta a los primeros pasos dados por un médico y
psicoanalista británico: John Bowlby que poseía una significativa
experiencia clínica con niños que se encontraban con grandes
dificultades y necesidades afectivas. Esta situación le condujo a
preocuparse, de una manera novedosa en su momento, por la
correlación entre la privación afectivo-maternal y sus efectos en
el desarrollo emocional posterior.
De esta manera llevó a cabo el desarrollo de una teoría sobre los
vínculos afectivos que aportaría a la psicología del desarrollo la
idea original de una “pulsión”- en el sentido psicoanálítico - de
apego primario que dio lugar al fructífero y popular concepto del
niño recién nacido como buscador de figuras de apego afectivo. El
apego se manifestó sí como “un tipo muy especial de relación socia
tempranal” entre el bebé y su inmediato entorno afectivo. De esta
manera se establece lo que se denominó “vínculo de afecto”
(Bowlby, 1969), condición indispensable para que el desarrollo
nervioso de los primeros días pudiera transcurrir con normalidad.
Fue de esta manera como el apego comenzó a interpretarse
novedosamente, como un factor decisivo de la emoción infantil a lo
largo del primer año. Todos los avances cognitivos afectivos y
psicomotores del primer año significaban para Bowlby la aparición
de un complejo sistema coordinado de percepciones, emociones
biológicas, destrezas y capacidades para obtener, a toda costa, un
intenso contacto del niño con su madre. Este proceso fue descrito,
según este autor, por una serie de fases continuadas tales como:
sensibilidad social indiscriminada, sensibilidad social
diferenciada y, finalmente, apego centrado en la figura materna.
Una mujer llamada Mary Ainsworth contribuyó valiosamente a la
verificación experimental de muchas de las hipótesis y teorías de
Bowlby, así como a difundirlas con unas renovadas perspectivas que
fueron muy útiles y necesarias para crear nuevas hipótesis sobre
esta decisiva cuestión. M. Ainsworth y su equipo de colaboradores
(1978) aportaron ideas nuevas sobre la calidad de los procesos
infantiles de adaptación, particularmente sobre el tema de la
calidad del apego. Como la calidad de la conducta de apego puede
resultar muy variable, en virtud del tipo y de las características
de las influencias exteriores, diferenció básicamente entre apego
seguro o inseguro.
También suponía, por otra parte, una novedosa aportación para la
psicología temprana, la idea desarrollada por ella del miedo
primitivo al extraño.
Main y Salomón (1986), continuando por esa misma línea de trabajo
nos brindaron la idea de apego desorganizado o desorientado; una
precisión conceptual que ha dado sus frutos experimentales en
trabajos recientes (Hertsgaard y otros, 1995).
Todas las aportaciones de la investigación actual reconocen, sin
lugar a dudas, una sorprendente y extraordinaria antelación y
precocidad de los sistemas sensoriales, comunicativos y
adaptativos del neonato.
El niño se reconoce hoy, en efecto tal y como señalaran Bowlby y
Ainsworth, como un diligente, dinámico y eficiente buscador de
figuras de apego, una actividad que se manifiesta como expresión
de una necesidad primordial y original que garantice la
supervivencia biológica.
Hoy día y sobre la base de significativos estudios científicos
podemos afirmar, sin lugar a dudas, que el sistema
sensorio-perceptivo-atencional y comunicativo del recién nacido, a
través del cual interpreta la calidad de sus primeros vínculos
adaptativos, parece encontrarse mucho más adaptado, capacitado y
organizado de lo que en un principio se había erróneamente
considerado.
En mi opinión, el apego se va ir configurando sobre el fundamento
de la valoración instintiva que el bebé hace sobre la calidad de
su inserción medioambiental y en relación con ella.
Esta circunstancia le va a proporcionar esa vital “experiencia
subjetiva de seguridad básica” necesaria en los primeros pasos de
la vida humana. En caso contrario, una peligrosa inseguridad
temprana podría tener importantes consecuencias para el desarrollo
neurológico y psicológico posterior.
Las últimas investigaciones de Richard Axel y Kristen Scott en
Columbia y de Charles Zuker en la universidad de California (2004)
- basadas en estudios anteriores de Peter Clyne y John Carlson de
la Universidad de Yale –, sobre la lógica olfativa y gustativa de
insectos y mamíferos, subrayan la desatendida, por no decir
despreciada, contribución del canal olfativo como una fuente muy
precoz, elaborada y compleja de discriminación y de información
neurológica que remonta sus orígenes a más de quinientos millones
de años y que viene predeterminada por una familia recién
descubierta de genes que codifican los receptores gustativos y
odoríferos.
Recientemente se empieza a descubrir, de la mano de estos
investigadores, cómo los insectos y los mamíferos han sido capaces
de reconocer determinados olores camuflados en un ambiente de
decenas de miles de olores diferentes. Capacidad que se ha
mantenido, como un recurso de adaptación y supervivencia, a lo
largo de toda la evolución de las diferentes especies, incluida,
naturalmente, la humana.
Por otra parte, estudios recientes con bebés revelan que, ya muy
precozmente, son capaces de disponer - a través de una eficaz
representación del mundo sensorial en su cerebro - de indicaciones
perceptivo-sensoriales muy sutiles y precisas para organizarse una
imagen de su medio y actuar sobre él. Muy pronto, efectivamente,
asimilan el olor, el sabor, el aspecto visual y los sonidos de
quienes les tratan, protegen, amparan y atienden.
Probablemente también, añado, serán capaces de tener una
percepción olfativa de quienes les maltratan y les desatienden.
Numerosos experimentos sobre la olfacción en el recién nacido,
manifiestan que, desde la primera semana postnatal, los recién
nacidos pueden desarrollar una memoria olfativa funcional apta
para la captación de un diverso repertorio de moléculas olorosas
volátiles emitidas por el pecho de la madre durante el período de
lactancia, de tal manera que la areola podría cumplir una función
básica de comunicación olfativa con el bebé.
La areola es, en efecto, una parte fundamental del cuerpo materno
que entra en contacto diario con el epitelio olfativo del niño, en
el techo de la cavidad nasal, y que dispone de unos cinco millones
de neuronas olfatorias que distinguen las diferentes sustancias
odoríferas, las interpretan y transmiten la consiguiente
información al cerebro. Por su parte la areola, con sus glándulas
sudoríparas, corpúsculos de Montgomery y glándulas lactíferas,
como estructura orgánica goza de una disposición odorígena muy
particular que, de hecho, cumple – según sostenemos - una decisiva
función de comunicación olfativa compleja.
Su extraordinaria disposición vascular, con una temperatura
notablemente más elevada que la del resto del pecho, permite que
sea factible la adecuada evaporación de las moléculas olorosas. Se
trata, además, de un medio de difusión térmica que es capaz de dar
respuesta condicionada al estímulo exógeno del llanto del niño,
facilitando, desde un punto de vista ecológico, el apego y la
creación del vínculo afectivo-biológico.
Por tanto no cabe duda de que la madre es olfativamente reconocida
a través de ese complejo reconocimiento de señales
quimio-sensoriales que son captadas, organizadas y reconocidas por
los receptores odoríferos, proteínas receptoras que se encuentran
en unos cilios presentes en la superficie celular neuronal. Este
reconocimiento ha sido recientemente descubierto por medio de
complejas técnicas de biología molecular, Cada neurona olfatoria
del epitelio se cubre de unos 10 cilios que se proyectan sobre un
mucus muy fino situado en la superficie celular. Tales cilios
seleccionan y agrupan las moléculas odoríferas para organizar la
información que transmiten al cerebro.
Se trata, por tanto, de neuronas que distinguen las diferentes
mezclas de sustancias odoríferas que dan lugar a los olores.
Esa información es de importancia vital para estimular y optimizar
esa comunicación con el bebé, facilitando el apego y el contacto
psico-físico. Hay una capacidad de discriminación de la
información olfativa que requiere de los correspondientes
mecanismos sinápticos y neuronales para que el bebé sea capaz de
distinguir e interpretar por el olfato qué tipo de receptores han
sido activados por un determinado olor.
Se trata de una información que es representada por el cerebro en
desarrollo del niño y, en nuestra opinión, éste se haya por tanto
en condiciones de identificar si su nicho odorífero proporciona o
no un ambiente ecológicamente favorable: “un ambiente de calidad
olfativa” necesario para superar un período especialmente crítico
del desarrollo temprano.
Partiendo de estos supuestos – y esta es una de nuestras más
significativas conclusiones - sería más que posible suponer que
los lactantes, de muy pocos días, o simplemente recién nacidos,
podrían, a través de los glomérulos olfatorios activados que
informan al cerebro, detectar, por el olfato, la indiferencia
afectiva, el rechazo, o la agresividad, si la hubiere, de sus
madres; naturalmente también la atención, la dedicación y el
afecto biológico.
Serían capaces, por lo tanto, de codificar una determinada
configuración odorífera que conduciría a comportamientos
específicos de integración o de rechazo del medio ambiente con el
que interactúan. Serían capaces, por tanto, de aprender y asociar
determinados olores con sus correspondientes estímulos
sensoriales. Vemos cómo quienes cuidan al bebé ofrecen, de esta
manera, estímulos sensoriales sobre los que el niño cree su
particular “sistema de categorías” para valorar la calidad de su
inserción medioambiental. Su- diríamos - “performance” ambiental.
En esta línea nos aventuramos a establecer la hipótesis de que tal
vez pudiera darse un período crítico, con mayor significación a
partir de la primera semana, durante el cual el bebé podría
encontrarse en condiciones de "evaluar" instintivamente sus
propias condiciones ambientales de seguridad, o dicho de otra
manera, que fuera capaz de percibir, de "oler el afecto o la
inseguridad", lo que avalaría las hipótesis iniciales de los
autores anteriormente referidos al respecto.
Se trataría de lo que se hemos propuesto y designado como un "test
biológico de inserción medio-ambiental". Los resultados negativos
de la prueba podrían ser determinantes de muchos trastornos de
comportamiento, emocionales y afectivos posteriores. (Andrés,
2003-2004).
Quizá de este modo podrían ser detectadas hasta las formas más
sutiles de rechazo de la madre hacia el bebé, tratadas por R. A.
Spitz (1945) en su conocido libro: “The first year of life”.
La hipótesis de los períodos críticos sugiere, tal como indicamos,
la posibilidad de que el cerebro de un animal posee una estructura
que se encuentra determinada, configurada, por los estímulos
externos recibidos durante el período neonatal. Durante un
determinado período crítico el patrón de actividad neuronal
generado por tales aferencias, positivas o negativas, podría
incluso condicionar las conexiones tálamo-corticales posteriores y
los estudios neurológicos sobre la sensibilidad olfativa como
medida del deterioro cognitivo no han hecho más que comenzar.
Lo que sí se ha podido constatar es que las aferencias negativas,
de toda índole, provocan un incremento del estrés como respuesta a
la sensación de falta de control ambiental. Estrés que, expresado
en incapacidad atencional, hiperactividad, impulsividad y ausencia
de autocontrol sobre el entorno, puede llegar a ser perfectamente
observable en los niños más pequeños. Lo que parece indiscutible
es que a mayor control de la situación menor estrés.
La relación entre apego, afecto temprano y desarrollo de la
personalidad ha sido, de este modo, desvelada por la psicología
temprana y la neurobiología actual. También por nuestros recientes
descubrimientos del genoma humano, en el que al menos un cinco por
ciento de los genes podrían cumplir misiones de discriminación y
de comunicación olfativa.
Tomás de Andrés Tripero
Prof. Dr. Titular del Dpt. de Psicología Evolutiva
y de
la Educación de la U. C. M
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