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Nacimiento sin
violencia
entrevista a Frederick Leboyer
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En
la historia reciente del siglo XX, se hablará de antes de Leboyer
y después de Leboyer. Aunque ha habido algunos notables
predecesores, Leboyer fue el primer médico, jefe de servicio
hospitalario, que se interrogó sobre el traumatismo del nacimiento
y las condiciones en que éste se practicaba en los hospitales
modernos del mundo llamado “desarrollado”.
En su investigación personal, decidió a renunciar voluntariamente
a sus funciones y a tus títulos para consagrarse a escribir
libros, a hacer vídeos y propagar la idea de que es posible otro
nacimiento que sobrepasa la limitada dimensión médica.
El nacimiento me parece el ejemplo tipo de
suceso único en el tiempo, de un hecho absolutamente no
reproductible. ¿Algo que desafía la aproximación científica?
Ciertamente. Cada instante es nuevo, cada nacimiento es distinto.
Quererlo abordar científicamente es un error. Como la ciencia solo
se interesa por los hechos reproductibles, está por su esencia
misma alejada de la verdad. Sólo es posible aproximarse a la
verdad mediante símbolos, parábolas, ya sean cristianas o de las
otras mitologías, incluso las que empleaba Freud. Cuando la
aproximación científica no funciona, desgraciadamente, pensamos
que hacen falta más conocimientos, más investigaciones, más
créditos y que entonces sabremos. Hay que tomar otro camino, otra
actitud, otra perspectiva. Hay que considerar que la ciencia sólo
es verdad entre ciertos límites. Más allá, ¿qué somos? Lo
ignoramos. Pero vivimos aún en esta ilusión del siglo XVIII y XIX
que pretende que la ciencia podría finalmente explicarnos todo.
El nacimiento es un cambio de nivel. Y es por ello que hay que
dejar de verlo como un problema médico, biológico, fisiológico. No
hay que mirarlo con nuestros ojos de médicos, ni de seres humanos.
Es otro lenguaje, otra dimensión, como la muerte. El nacimiento es
una intersección de la duración, una entrada en el tiempo
cotidiano, ordinario.
¿Dónde empieza y dónde acaba?
Es el problema del tiempo. ¿Dónde comienza el tiempo?
Entreveo cada vez más, sin entenderlo completamente, que todo lo
que he escrito sobre el nacimiento se aplica de hecho también a la
muerte. Es la muerte que estoy intentando contar, comprender,
adivinar. No es un paralelismo lo que veo entre ellas ni una
simetría, sino otra cosa.
Pienso que este miedo intenso del nacimiento, que es a la vez el
que vive la madre y el que vive el bebé, tal vez es el miedo de su
muerte precedente.
El miedo es el problema central. Y en cada uno de nosotros existe
un agujero negro, una zona en la cual no queremos ir de ningún
modo. Ignoramos su existencia; hasta tal punto es aterradora. Pero
hay que aproximarse a ella suavemente, con persistencia.
¿Cómo hacer para desembarazarnos de esto?
La única forma de liberarnos es tener miedo. Pero, habitualmente,
tenemos miedo de tener miedo. Hay que aceptarlo e ir a ver.
Alguien puede ayudar por su presencia, su tranquilidad interior,
puede ayudar a daros el coraje para entrar en los miedos. Es muy
peligroso y no creo que esto se pueda hacer en un seminario que
dura de 2 a 3 días. Hay que vivir completamente cerca de un
maestro que se volverá vuestro padre y vuestra madre, que está
ahí, noche y día, y que nunca os dejará solos, pero de hecho
estáis completamente solos, puesto que en el fondo la muerte es la
soledad. Pocas personas tienen la capacidad, la fuerza, la
disponibilidad, el amor y la motivación interior para asumir una
responsabilidad tan importante. Hay que tener cuidado de a quién
nos dirigimos.
¿Nos falta un poco de discernimiento?
Todos tenemos una falta de discernimiento. Si pudiéramos juzgar a
las personas que pueden ser capaces de ayudarnos a este nivel, ya
no los necesitaríamos. Tenemos derecho a equivocarnos, pero esta
equivocación puede ser peligrosa.
El hombre también tiene miedo aunque no lo sepa siquiera. Sus
miedos son tan fuertes, tan profundos, tan escondidos en el fondo
del subconsciente que tenemos miedo de confesárnoslos. Es preciso
hacerlo. Observé que tras mis conferencias y las proyecciones de
mis películas, siempre son los hombres los que plantean las
preguntas. Lo esencial de la angustia vivida durante el embarazo
es angustia del hombre que la mujer absorbe inconscientemente.
Esta angustia es mucho mayor en el hombre que en la mujer porque
la vida pasa a través de la mujer y no a través del hombre. Los
hombres nunca conocerán esto, y esto es algo para ellos
inadmisible, inaceptable. Es lo desconocido absoluto, un misterio
incomprensible, un terreno en el cual nunca podrán aventurarse. Su
mente lo interpreta completamente diferente de lo que lo hace la
mujer.
Si la mujer es receptiva a la angustia del
hombre, éste tiene pues un gran papel que jugar desde el
nacimiento y antes, en la preparación para colocar en el mundo a
un niño.
Habría incluso que decir que la mujer debería protegerse de
su hombre... ¡No!. Si se protege de él, se corta de él y no debe
hacerlo. A partir del momento en que se encuentra fuerte, a partir
del momento en el que ha ampliado sus raíces o toca su fuente,
puede percibir de forma diferente la angustia de su marido, que es
la angustia de su infancia y de su nacimiento. Puede suavemente
atraerla, pacificarla, calmarla, liberarla. Una mujer es a la vez
la hija, la hermana, la madre de su marido y, mucho más aún, un
baile en el cual los papeles, las polaridades cambian, se
invierten. Por el hecho mismo de que esta angustia sea aceptada,
mientras que había sido negada por la madre del marido,
desaparece.
¿Cómo puede intervenir el padre en la
relación madre-feto?. Pienso que debe ser con mucho amor, con una
gran aceptación del uno y del otro. Debería dejar que las cosas
sucedieran, incluso si no comprende siempre lo que sucede.
Es decir, que debería desaparecer y esto es lo que le aterroriza.
El hombre siente que su mujer ya no está ahí completamente con él.
De pronto, aparece un intruso en su pareja. Tiene la impresión de
perder a su mujer, de ser engañado o relegado.
El hombre debería aceptar porque no tiene otra opción. Debería
tener la sabiduría de dejar que su mujer se fuera con ese amante
perfecto, absoluto, que se encuentra en su vientre.
Una amiga que tuvo dos hijos me dijo estas palabras maravillosas:
“cuando una mujer espera un bebé, a partir de un cierto momento,
entra en un estado extraordinario, ya no espera nada, está llena”.
En la vida, esperamos siempre algo, un libro, una película, un
amante, un hijo... Ella había salido de la duración, en la medida
en que estaba completa. Este estado de plenitud donde por fin no
esperamos nada porque nada falta es indescriptible...
Sin duda nos acercamos a la experiencia
mística...
Exactamente. Los hombres intentan revivir lo que le sucede
naturalmente a la mujer. No pueden lograrlo más que volviendo a su
propio nacimiento puesto que ellos mismos no pueden dar a luz.
Todos los caminos iniciáticos son retornos al seno de la madre
para revivir este estado de fusión total.
Para que la mujer pueda vivir plenamente
esta dimensión ¿no sería preciso que parte de estas preocupaciones
terrestres de orden psicológico o médico puedan ser olvidadas o
apartadas?
No. Cuando estáis enamorados, ¿acaso os ocupáis de vuestra
fisiología? No necesitáis nada, nada os afecta. Muchas mujeres que
he encontrado han vivido así su embarazo a partir del quinto o
sexto mes. Estaban en un estado de gracia.
¿Eran fortalezas?
Sí, nada podía afectarlas, nada podía sucederles. El marido tiene
dificultades para soportar estos embarazos bendecidos,
maravillosos. No soporta no poder seguir a su mujer, no poder
vivir lo que ella vive. Entonces, si no llega a integrarlo o a
comprender su angustia, busca poner en práctica todo el arsenal de
lo racional –la genética, la higiene, la asepsia, etc...– para
luchar contra ella. Todos estamos ahí. Comprender y comenzar a
entrever qué mecanismos se encuentran detrás de esta angustia
ayuda a liberarnos de ella.
¿Qué sucede en la conciencia de una mujer en
el momento del parto?
La mujer que ha tocado las profundidades de sí misma deja de estar
limitada en su cuerpo durante el parto. De golpe se vuelve una,
con la Madre Divina, es decir, con la vida, con la tierra. Percibe
que algo sucede a través de ella. El miedo de la gran experiencia
iniciática donde de golpe se caen los nudos del pequeño yo mental.
Esta fantástica ampliación del campo de conciencia da tanto miedo
que la mujer se defiende de ello desesperadamente. Se agarra a
cualquier cosa. Está ahogándose y entonces es preciso que una
persona que ya haya vivido esto, que ya se haya ahogado, tenga el
coraje de decirle “ahógate”, que la deje ahogarse, morir. Pero a
menudo se muere ante nuestros ojos: he visto a mujeres volverse
blancas, verdes, tener sudores fríos, su cara se hundía como la de
una agonizante. Han pasado por la muerte, después han vuelto a la
vida.
Debe ser extremadamente difícil no hacer
nada en estos casos.
Muy difícil, imposible incluso, en la medida en la que no habéis
revivido y sobrepasado vosotros mismos esta angustia. Es por eso
por lo que los médicos tienen pánico. Porque nunca han rozado
estas cosas y se cierran en cuanto afloran. Entonces hacen una
perfusión, hacen cualquier cosa, se agarran a la técnica para no
revivir sus propias angustias del nacimiento. La acción desanuda
siempre la angustia. En el fondo, el que asiste a un nacimiento
difícil o peligroso, durante el cual se aproxima desde muy cerca
de la muerte, comienza a ver surgir su propia angustia ante la
muerte y dice: “Señora, su niño está en peligro” y hace algo para
aliviar su propia angustia.
Pero cuando una mujer vive esta experiencia hasta el final, ¡qué
transformación!. Una amiga que la vivió en su tercer hijo me dijo
después, que este niño era verdaderamente su primer parto, que lo
había vivido de cabo a rabo porque había descendido al fondo del
abismo y había remontado. Su vida se transformó después
completamente.
¿La tecnología moderna no es peligrosa? o
¿no aporta un peligro suplementario en la medida en que encuentra
siempre nuevas astucias para evitar afrontar esta angustia?.
Absolutamente. Hay que aceptar esta dimensión de la angustia y de
la muerte. Cuanto más se le da la espalda, más presente está.
Estar vivo es aceptar la muerte que es siempre posible. Negarla a
cualquier precio nos conduce directamente al “mejor de los
mundos”. Creemos que es la falta de hospitales, de dinero, de
monitorización, lo que impide alcanzar el 0% de mortalidad. Pero
es una ilusión creer que podríamos llegar a ello. No quiero con
esto decir que deberíamos ser fatalistas. El hacer o el no hacer
es difícil. Lo que no impide que el médico juegue su papel: no
debe dejar morir a sus pacientes. Pero debe aceptar también esta
dimensión del fracaso y hacer que la gente la comprenda.
¿A partir de qué momento el niño está vivo?
La respuesta a esta pregunta parece condicionar la actitud que se
toma con relación a él.
¿A qué llamáis vivo? ¿Físicamente vivo? Entonces está vivo desde
la concepción, desde el instante en que el espermatozoide entra en
el óvulo, donde se produce la mitosis. Todo esto está vivo, se
mueve, se transforma.
No hay discontinuidad de la vida en la
división celular, ya sea en una bacteria o en un ser humano, pero
hay un momento donde aparece la conciencia.
Tengo que ser honrado en esto y os responderé que no sé nada,
puesto que no deberíamos responder más que en el nombre de nuestra
experiencia personal. Dicho esto, parece que habría una conciencia
antes incluso de la concepción, pero no sé nada de a qué podemos
ligarla materialmente.
Tal vez existe, pero no se encarna más que
en un cierto momento.
Lo ignoro. Es muy peligroso abordar este tema con el lenguaje
hasta el punto de que Buda mismo se negaba a responder. Debo
contentarme con citar anécdotas que nos aproximan un poco a la
comprensión del buen nacimiento que he intentado describir.
Tomemos las cosas al revés. ¿Qué sucede después del nacimiento?
Vemos que para el niño, el hecho de nacer es hasta tal punto
intolerable que se niega a nacer de todas las formas posibles. Lo
niega con su cuerpo, cierra los puños, los ojos. No está ahí.
Simbólicamente sigue siendo un feto. ¿Cómo vencer su miedo al
mundo? El miedo desaparece desde el momento en que se pueden
encontrar referencias. El miedo absoluto es lo desconocido
absoluto, de ahí la importancia del baño. Reencontrando este
elemento acuático, el niño vuelve a revivir una percepción ya
conocida y familiar. Pero hay que hacerlo entrar en el baño
extremadamente lentamente, empezando por los pies, hacerle revivir
su nacimiento a la inversa. El gesto, la respiración, deben ser
continuos. El niño entra en el agua, retorna al seno materno. Es a
la vez nacido y no nacido. No nacido puesto que está de nuevo en
esa relajación absoluta y nacido puesto que ya no está en el
útero. Entonces, empiezo a masajearlo muy suavemente y se ve que
empieza a mirar. No se contenta con abrir los ojos, mira. De la
misma forma, se puede uno preguntar sobre cuando el niño está ahí
durante el embarazo. Una mujer sensible que ha hecho un cierto
trabajo sobre sí misma lo percibe. Os citaré el maravilloso
testimonio de Francoise Dolto. Cuando esperaba a su primer niño,
un día, al remontar la calle se encontró de pronto persuadida de
que alguien la seguía, pero no había nadie. Siguió andando y
después de unos minutos tuvo la misma impresión, se volvió y no
encontró a nadie. Al cabo de 4 ó 5 veces de tener esa sensación,
comprendió que era su niño. Estaba aproximadamente en su sexto mes
de embarazo. A partir de este momento supo que alguien estaba ahí.
Desgraciadamente, es poco frecuente que las mujeres sean tan
conscientes de lo que sucede durante su embarazo. En la escuela
les han hecho cultivar el cerebro izquierdo únicamente y han sido
cortadas de esta dimensión no ya instintiva, sino intuitiva.
Pero ¿a parte de estos casos
excepcionales...?
En general, hacia el quinto mes, la mujer siente que el niño está
vivo. Se mueve, da golpes con los pies, posee un hígado, un
cerebro, etc., pero no está ahí de la misma forma. Las diferentes
tradiciones religiosas colocan la entrada del alma en el cuerpo
del niño en edades diferentes...
En el fondo, el momento en el que el niño nace es cuando la mujer
lo siente, no físicamente por sus movimientos, sino cuando percibe
su presencia. A partir de este momento, debería darle como mínimo
un ¼ o ½ hora de escucha todos los días. Aconsejo a las mujeres
embarazadas encerrarse en una habitación, solas, y decir a su
hijo: “estoy aquí, ahora, te escucho”. Si no se hace, no lo
escuchará jamás.
Nacer es nacer al mundo, es estar en el
mundo. En tanto en cuanto el niño no lo ha reconocido o no ha
aceptado el mundo ¿ha nacido realmente?.
No lo sé. Pero podemos decir que cuando el niño ha aceptado su
nacimiento está aquí. Antes está vivo. Ha salido de su madre pero
no está aquí. Para hacerle aceptar su nacimiento hace falta mucho
amor, desinteresado, amor neutro que no pide nada.
¿Se termina el nacimiento?
¿De qué nacimiento hablamos? Hay el nacimiento de un niño, es
decir, su venida al mundo. Una mujer pare un bebé que sale de
ella. Pero también hay el nacimiento, el renacimiento personal.
Recuadros:
1)
Si debo permitirme decir esto que digo es porque en un momento me
negué a continuar jugando el juego. Envié mi carta de dimisión al
colegio de médicos. Permaneció seis meses en mi despacho. Tenía
realmente miedo. Y un día me dije “vamos, quítate las ataduras, ya
no soy médico puesto que encuentro tan inaceptable la estructura
social, política, mental, psicológica en las que se nos exige que
funcionemos. Y me salgo de ella”.
Ya no formaba parte de este mundo médico que juega con reglas
completamente equivocadas. Me convertí en un hippy.
2)
Cuando publiqué “Por un nacimiento sin violencia” el público habló
del método Leboyer, como de una receta. Pero no es una receta. La
receta nos asegura en el tiempo pero nos priva de la creación. Es
preciso inventarlo todo. Este libro no hablaba del parto: contaba
la aventura del nacimiento. Leboyer no es un método, no es el agua
caliente, el baño, los masajes, etc., es el amor. Es lo que hace
que de golpe se ame y que se sepa que somos amados
correspondientemente, como retorno. Eso es lo que quería que
comprendiérais.
3)
Venir al mundo es encontrarse sumido en un gran río, sumido en un
flujo poderoso. El parto es como atravesar una tempestad. El niño
es frágil, busca dolorosamente el paso, corriendo el riesgo de
naufragar a cada instante.
4)
El embrión.
Todo es amor.
Todo lo que soy.
Una bola redonda.
Soy completamente nuevo.
Comparado a vosotros.
Y tan pequeño.
La espera aquí
Parece durar años
Pero no he visto la luz del día
Alrededor de mí mismo
Oigo ruidos extraños
Que acarician mis orejas
Tu dulce calor
luz de luna
Necesito más espacio
Luz roja
Noche sombría
Siento que mi alba se aproxima
Murmullos bajos
Ya voy
Quiero ver brillar el sol
Pink Floyd
Alfredo Embid
Publicado en la Revista Asociación Medicinas
Complementarias nº 71
www.amcmh.org
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