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LA MARAVILLA DEL VÍNCULO AFECTIVO
David B. Chamberlain, Ph.D.
Translation by Sorina Oprean
Crear vínculos es bastante sencillo, pero no siempre fácil; puede
ocurrir, pero igualmente, puede que no ocurra y, por muy
extraordinario que parezca, algunos han entendido mal el concepto
y lo hicieron parecer innecesario.
Crecer desde la amorosa conexión de corazones que une a los padres
con las madres va a ser el punto de partida del nuevo vínculo
amoroso que van a tener ellos con los bebés que co-crean. Cuando
tiene lugar la concepción los padres dirigen sus pensamientos de
forma natural hacia el futuro bebé. Incluso cuando inicialmente
están sorprendidos por el embarazo (caso bastante frecuente),
normalmente se ajustan con rapidez a la nueva situación, abrazan
al bebé emocionalmente, lo celebran y empiezan a organizar sus
vidas en función de este gran acontecimiento. El término
científico utilizado para este proceso es el de crear vínculos.
En 1976 este nuevo término apareció por primera vez de forma
silenciosa en el mundo a través del título de un libro, «Crear
vínculos materno-infantiles», escrito por dos profesores
americanos de pediatría, Marshall Klaus y John Kennell. Con las
publicaciones actualizadas en 1983 y 1995 la importancia
revolucionaria de este concepto llegó a establecerse y hoy en día
es una expresión familiar en todos los idiomas del mundo. Sin
embargo, la gente todavía pregunta, «¿qué es?», «¿crear vínculos
es un proceso real, verdadero y necesario?» Y finalmente la
pregunta práctica: «¿cómo hay que hacerlo?» Crear vínculos es
igual de sencillo (y misterioso) e igual de fácil (o difícil) que
el amor mismo. Normalmente el amor que sienten los padres hacia
sus bebés no supone ningún esfuerzo y es espontáneo, pero, tal
como observaron Klaus y Kennel hace un cuarto de siglo, las cosas
pueden interferir en esta conexión valiosísima y como resultado la
vida puede arrancar en la dirección equivocada. Es un hecho
comprobado: algunas madres y padres no desarrollan nunca este
esperado apego. En su lugar, afirman sentirse desvinculados de
aquel niño en particular a pesar de no saber el motivo. Pueden
pasarse años buscando con ansia algún camino para establecer esta
conexión de corazones que, de alguna forma, falló al principio.
Los fallos en la creación de vínculos pueden tener verdaderamente
consecuencias dolorosas. Una falta inexplicable de intimidad pende
sobre su relación diaria como un sombra. Confianza y verdadera
amistad parecen cosas imposibles de alcanzar. Por mucho que
intenten complacerse unos a otros, siempre los separará un vacío.
Otros tipos de daños pueden ser más imperceptibles. Klaus y
Kennell descubrieron que las madres separadas de sus bebés por un
período de tiempo muy largo después del parto se quedaban con
dudas acerca de su situación: ¿de verdad tenían un bebé? El parto
parecía más bien un sueño. Dudaban de que el hospital le hubiera
dado el bebé correcto.
En madres desvinculadas, la lactancia no tenía tanto éxito o, si
se elegía esta posibilidad, el proceso se interrumpía
prematuramente. Estas madres parecían más confusas que seguras de
sí mismas y se sentían dudosas a la hora de aprender la rutina del
cuidado diario del bebé. En casos más extremos la irritabilidad y
rabia hacia el bebé crecían hasta llegar al abuso infantil: estos
bebés de madres desvinculadas tenían más probabilidades de volver
lesionados al hospital. Un estudio de 1994 sobre 8.000 mujeres
mostraba que los bebés no deseados tienen un riesgo 2,5 veces
mayor de fallecer en los primeros 28 días después del parto. De
una forma inexplicable los bebés de las madres desvinculadas
pueden no lograr subir de peso o caer enfermos. Durante la última
década, en una serie de estudios clínicos en California se
descubrió una correlación importante entre los fallos aparentes de
vinculación y la frecuencia del asma en los niños. Hechos como
éstos demuestran que el vínculo afectivo es una realidad profunda
y conlleva una variedad de consecuencias para bien o para mal.
Cuando aparecieron por primera vez, los estudios sobre la
vinculación afectiva resaltaron la importancia del «período
crítico» inmediato después del parto, cuando tendrían lugar una
cadena de milagros, anteriormente dejados íntegramente en manos de
la Madre Naturaleza. La química del cuerpo asociada con el trabajo
de parto y el expulsivo lleva a madres y bebés a un íntimo
acercamiento donde el mero contacto de los labios del bebé con el
pezón estimulan una cascada de hormonas del amor que bendicen
tanto a la madre como al bebé. Estas hormonas favorecen la
expulsión de la placenta, ayudan a contraer y recuperar el útero,
reducen el sangrado postparto y facilitan la subida inicial del
valioso calostro y posteriormente, de la leche materna. Mientras
tanto, el neonato estaría en un excepcional estado de «alerta
tranquila» que favorece el rápido aprendizaje y la toma de
contacto personal durante una hora más o menos después del parto
-antes de caer en largos períodos de sueño. Durante este corto
período de posibilidades, si no son molestados, el bebé y la madre
entran en una especie de embelesamiento, mirándose mutuamente y
experimentando una serie de emociones y sensaciones físicas
placenteras ampliadas en el nuevo entorno fuera del útero. Muchos
hechos de este tipo resaltan la compleja orquestación vital del
nacimiento y les dan a los lazos afectivos su carácter milagroso y
necesario.
Estas secuencias del parto, tan positivas y naturales, eran la
norma para la mayoría de los humanos hasta mediados del siglo XX,
cuando los partos cambiaron de repente el escenario hogareño por
los hospitales, los cuidados de las matronas (en su gran mayoría
mujeres) por los de los médicos (en su mayoría hombres) y las
prácticas comunitarias por los protocolos médicos. Estos cambios
desgarradores eran algo más que cambios de emplazamiento: la
filosofía y la práctica también cambiaron. Los partos tenían lugar
a través de la «atención controlada» por parte de profesionales
ajenos a la familia -ellos hacían (e imponían) todas las reglas.
Así empezó a caer un velo de misterio sobre los partos mientras a
los padres, familiares y amigos se les prohibía participar de este
evento. Durante una generación, solamente las enfermeras y los
médicos sabían lo que ocurría detrás de las puertas cerradas,
anulando de una forma muy eficiente cualquier educación natural de
los niños, mujeres jóvenes, madres y otras ayudas potenciales para
los futuros partos. Las normas de los hospitales mandaban a los
recién nacidos al nido inmediatamente después del parto, a menudo
antes de que las madres o padres pudieran verlos o tocarlos. El
tipo de privacidad que la nueva familia necesita para relacionarse
unos con otros -un rasgo esencial del parto desde los comienzos
del tiempo- fue erradicado mientras la separación y el aislamiento
llegaban a ser la prioridad principal.
Históricamente, cuando los argumentos sobre el vínculo afectivo
aparecieron en los años 70, el descarado control médico sobre los
nacimientos estaba en su apogeo, después de haberles quitado todo
el poder a los padres y haber hecho el parto natural prácticamente
imposible. En el parto visto como un proceso «científico» habían
desaparecido casi todos los significados humanos y personales que
habían alentado los hombres y las mujeres durante miles de años.
Se habían violado las necesidades psicológicas esenciales de los
padres y los bebés por igual.
Si uno se pregunta cómo pudo crecer tan rápidamente una nueva
cultura tan radical del parto tendrá que tener en cuenta el enorme
poder y gancho de la ciencia en el siglo XX. Añádase a esto el
miedo subyacente asociado siempre con la incertidumbre del parto y
se podrá sacar la conclusión de que la gente estaba deseosa de ver
en la ciencia una garantía para el parto seguro y perfecto -una
ilusión que no está todavía reconocida como tal. Analizando otra
faceta de la ciencia podemos explicarnos el derribo repentino del
parto tradicional. Durante el pasado siglo XIX, con el desarrollo
del estudio científico del sistema nervioso y del análisis
científico de la gestación, nacimiento e infancia, una ciencia
demasiado segura de sí misma -y esto incluye por igual, medicina y
psicología- enseñaba que los bebés no tenían esencialmente ni
sentidos físicos ni mente.
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