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EXPERIENCIAS VINCULARES TEMPRANAS


Su importancia en el intercambio psicoafectivo madre – bebe; y su impacto en el neurodesarrollo.


Dr. Fernando M. Gómez.
Médico especialista en Pediatría.
Ex residente y Jefe de residentes del Hospital de Niños Ricardo Gutierrez.
Médico especialista en Psiquiatría, UBA.
Miembro del Grupo Universitario de Neuropsicofarmacología.
Jefe de Trabajos Prácticos 1° Cátedra de Farmacología, Facultad de Medicina, UBA.
Medico de planta del Servicio de Psicopatología Infantil del Hospital Alemán.
Candidato de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
 


En primera instancia debo aclarar que el abordaje de esta presentación tendrá un mayor énfasis en el campo de la biología de acuerdo a los fines que me fueron solicitados para el desarrollo de esta actividad.En psicología experimental los procesos de vínculos tempranos entre la madre y las crías son extremadamente complejos. En los seres humanos al intervenir otras variables como lo social, lo cultural, lo emocional, entre otras, el problema adquiere un nivel superior de complejidad. Diversos autores han tratado de estudiar y describir los aspectos normales, como así también aquellos que resultan en consecuencias devastadoras para el desarrollo del individuo, tanto en un corto plazo en el desarrollo infanto juvenil, como a largo plazo en el adulto. Al plantear la extrema complejidad, entendemos que en la configuración de los mismos participarán un sinnúmero de variables pertenecientes a diferentes niveles: el biológico, el psicológico y el social.


En este trabajo nos limitaremos a considerar, de acuerdo a los fines de esta actividad:

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1) los aspectos biológicos que podrían intervenir durante el período de vida intrauterina en el desarrollo de las conductas de maternaje;

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2) el impacto de las experiencias vinculares tempranas normales sobre el neurodesarrollo; y

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3) la manera en que éstas últimas impactan, sobre el neurodesarrollo, cuando son generadoras de intenso estrés.

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Como ejemplo de experiencias vinculares tempranas adversas podemos citar: las pérdidas parentales, el divorcio parental, el abandono, las condiciones anormales de crianza, y el abuso físico y/o sexual, entre otras. Estas podrán repercutir sobre el crecimiento, el desarrollo y la sobrevida de diferentes elementos constitutivos del SNC: las dendritas, los axones, las sinapsis, las interneuronas, las neuronas y la glía. De esta manera podremos comprender que la salud mental y que la patología mental en el otro extremo de la recta, no son el simple resultado de la acción o no de estresores presentes (“visión sincrónica”), sino que mantiene una íntima relación con todas aquellas experiencias de vínculo y desarrollo temprano (“visión diacrónica”) las cuales tendrán una repercusión en un nivel neurológico a través de su capacidad de favorecer el trofismo del Sistema Nervioso Central y la conformación y mantenimiento de circuitos especializados en el procesamiento de la memoria y el aprendizaje lo que podrá traducirse en un conjunto de propiedades cognitivas, afectivas, vinculares, etc. Así, estas experiencias vinculares tempranas podrán construir la matriz necesaria para el desarrollo tanto de salud mental, o bien de posteriores desordenes psicopatológicos ante situaciones adversas. La mayoría de las madres de mamíferos humanos y no humanos presentan la capacidad de poder desarrollar un conjunto de complejas respuestas de tipo conductual y emocional con el nacimiento de su cría. La cría dispondrá, en forma simultánea, de una capacidad para el desarrollo de un complejo proceso de “señalización” que junto con las conductas maternas establecidas generarán una relación de mutua reciprocidad que participará en la conformación de una “matriz” de fundamental importancia para el desarrollo del individuo tanto en un nivel biológico (maduración del sistema nervioso, inmune, endocrino entre otros) como psicológico (patrones de conductas sociales y emocionales propias de cada especie).


Los vínculos temprano madre – bebé han sido un tema de estudio de gran relevancia para el campo de la psicopatología, si tenemos en cuenta la importancia que éstos adquieren en el desarrollo del niño y del adolescente. Con los avances producidos en el campo de las neurociencias, diversos autores han tratado de establecer los sustratos neurales que podrían participar en el desarrollo de las experiencias vinculares tempranas.


Si hacemos un poco de historia podemos mencionar el rol relevante que han tenido las experiencias vinculares tempranas a través de su estudio por diversos autores. Así en el año 1190-1250 se constata la primera experiencia de privación afectiva en el niño desarrollada por el emperador Federico II. Ordenó a las nodrizas amamantar a los niños sin hablarles, sin hacerles gestos, solo higienizarlos. Quería evaluar la lengua que ellos iban a desarrollar primero. El resultado fue la muerte de todos ellos. A fines del siglo pasado Archambaud y Parrot plantean los trastornos psicológicos observados en los niños como resultado de la internación de los mismos en instituciones. En el año 1930 autores como Bowlby, Bender y Golfarb hablan de los efectos psicológicos resultantes de una internación temprana en una institución estableciendo la correlación significativa que se producía ante la privación de cuidados maternos a los cuales se encontraba expuesto el niño durante el desarrollo de la misma. En esta reseña histórica no podemos dejar de mencionar el valioso aporte de Spitz con la descripción de dos conceptos de suma relevancia: el de hospitalismo (como la alteración del cuerpo relacionada con el confinamiento a largo plazo en un hospital, y/o los efectos nocivos de la institucionalización temprana); y el de depresión anaclítica (cuadro signosintomatológico que se producía en los niños que después de un mínimo de 6 meses de relación con la mamá era separado de la misma. Este cuadro signosintomatológico que se desarrollaba, en forma directamente proporcional con el tiempo de separación).


En el año 1958, Bowlby elabora la teoría del apego. Para él, el apego es un sistema que se da desde el nacimiento, que esta constituido por un conjunto de comportamientos que van a favorecer la cercanía con principales figuras parentales (mamá), y que va a satisfacer más allá de las necesidades fisiológicas del bebé, relacionándose con la necesidad de mantener la supervivencia de la especie.


Para Bowlby la adhesion del lactante a su madre se origina en ciertos sistemas de comportamiento que son característicos de la especie, independientes entre sí y que se organizan alrededor de la madre como objeto principal permitiendo así el vínculo entre ambos. Establece 5 sistemas de comportamiento: succionar, seguir, sonreir, aferrarse y llorar. Estos se van a ir integrando dando origen así a lo que él llamó: conducta de unión cuyo fin es mantener al niño cerca de su madre. Este comportamiento (de unión) lo define como algo instintivo, pero dejando en claro que no quiere decir que sea hereditario sino que lo que se hereda es un potencial para el desarrollo de sistemas de conductas cuya naturaleza y forma difieren según el entorno en que tiene lugar el desarrollo. Por otro lado, plantea que para que la información aferente pueda ser interpretada y apreciada de una manera útil, es necesario la participación de lo que él llamaba “procesos de apreciación” que no son ni mas ni menos que la participación de los afectos y las emociones, que el individuo pone en juego para llevar a cabo dicha apreciación e interpretación.En el año 1978, Mary Ainsworth propone que las diferencias individuales en la sensibilidad y en la disponibilidad emocional de las madres durante el primer año determinará el tipo de seguridad en el attachment que adquiere el niño al final del 1° año de vida. A través del desarrolla un estudio longitudinal en madres con sus niños establece 3 tipos de attachemnt: el seguro, el resistente y el evitativo.


En el año 1986, Main y Solomon describen una cuarta variante: el desorganizativo/desorientado, el cual aparecía en aquellos niños que no se puede clasificar en las categorías anteriores. Cuatro años después, en 1990, Main y Hesse establecen que este patrón se veía con mayor frecuencia en aquellos niños que se vinculan con un cuidador con una conducta interactiva altamente impredictible o bien en padres que habían presentado pérdidas o experiencias traumáticas no resueltas, con trastornos afectivos severos, alcohólicos o con historia de alcoholismo, y en aquellos expuestos a experiencias de maltrato.

 

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