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EL MODO CANGURO DE TENER EL BEBE
Cómo actúa el cerebro sobre el cuerpo:
opciones comportamentales del recién nacido.
El metabolismo basal de todos los animales está regulado por el
cerebro arcaico, y se expresa por medio de una programación
comportamental. Cada programa tiene su juego de hormonas, sus
automatismos y se caracteriza por un comportamiento físico. El
programa neurocomportamental de la reproducción de los mamíferos
ha sido estudiado de manera extensa. Cada etapa de la gestación
tiene su ambiente hormonal específico, y sus componentes
específicas y somáticas.
En términos biológicos, el Homo sapiens es un mamífero. Lo que
caracteriza a todos los mamíferos es que tienen mamas (del latín
‘mammae’) destinadas a la alimentación de las crías. Las
investigaciones biológicas en numerosos mamíferos han demostrado
que los procesos neurológicos que tienen lugar durante la
gestación (el desarrollo embrionario) están ‘altamente
conservados’, es decir, son casi idénticos en todas las especies
(Christensson, 1995). Los mecanismos endocrinos fundamentales de
la gestación, son también notablemente similares en todas las
especies (Keverne y Kendrick, 1994). Hay modelos de comportamiento
programados por el sistema límbico de nuestro cerebro. Desde el
nacimiento, todos los mamíferos presentan una ‘secuencia
comportamental definida’ (Rosenblatt, 1994), que lleva al arranque
y al mantenimiento del comportamiento de la lactancia. Existen
diferencias en estas secuencias, cada especie tiene la suya
propia. Un descubrimiento fundamental y sorprendente ha sido
constatar que lo determinante es el comportamiento de la cría
recién nacida; que es su actividad la que induce una respuesta
cuidadora de su madre (Rosenblatt, 1994). También se ha constatado
que existe un periodo crítico, a saber, un periodo durante el cual
es necesario que se produzcan ciertos hechos claves para un
desarrollo óptimo; un periodo que ha sido bien descrito por la
investigación en los mamíferos, y cuya importancia se reconoce
ahora cada vez más también en el ser humano. Tras su iniciación a
cargo del recién nacido, ‘la lactancia se establece por medio de
una gama de estimulaciones complejas, mutuas entre la madre y la
criatura’ (Kjellmer y Winberg, 1994). No obstante, en todas las
especies, la lactancia es ‘un comportamiento especialmente frágil
y transitorio’ (Alberts, 1994): cualquier intervención puede
fácilmente perturbarla.
L@s biólog@s describen a los mamíferos como una especie que se
desarrolla en una serie de hábitats (útero, contacto cuerpo a
cuerpo con la madre, fratria, resto del mundo). El concepto básico
es que, en cada uno de estos hábitats, el organismo en desarrollo
está físicamente capacitado y neurobiológicamente programado para
comportarse de manera que le permita satisfacer todas sus
necesidades (Alberts, 1994); está dotado de las competencias
requeridas, que se manifestarán espontáneamente en el hábitat para
el cual está diseñado, y es este hábitat el que le proporcionará
la satisfacción de sus necesidades. El hábitat determina así ‘el
nivel de organización’ del cerebro, o sea, la capacidad de
controlar correctamente el nivel de vigilia. El estudio con
electroencefalogramas ha mostrado que la duración de un ciclo de
sueño normal en una criatura recién nacida es de 60 a 90 minutos,
y que la perturbación de estos ciclos produce stress y patologías.
Pero en los bebés un ciclo normal de sueño no puede ser observado
más que si está en su hábitat normal, a saber, si están en
contacto cuerpo a cuerpo con su madre.
Estos factores neurocomportamentales tienen un objetivo
específico: satisfacer las necesidades biológicas básicas del
organismo. L@s biólog@s por lo general estiman que existen tres
(calor, alimento y protección –la necesidad de oxígeno es tan
evidente que no se menciona, aunque sea fundamental) y en cada
hábitat, el organismo en desarrollo está físicamente capacitado y
neurológicamente programado para comportarse de manera que sus
necesidades se satisfagan. En términos más científicos, el
organismo en desarrollo necesita de una temperatura adecuada, de
una nutrición específica, y de una protección prodigada por
diferentes medios.
Consecuencias de la separación
madre-criatura
Cuando son arrancadas de su hábitat normal, las crías mamíferas
tienen un comportamiento idéntico y pre-programado, que podemos
llamar ‘respuesta de protesta- respuesta de angustia’ (Alberts,
1994), que fue descrita por vez primera en los bebés de los
orfelinatos tras la Segunda Guerra Mundial; después fue estudiada
en los monos, y después en muchos otros animales. La respuesta de
protesta es una actividad intensa que tiene como objetivo permitir
al bebé recuperar su hábitat; la respuesta de la desesperación es
una respuesta de supervivencia ante la situación de privación:
cursa con una bajada de la temperatura del cuerpo y del ritmo
cardíaco, inducidas por un aumento masivo de las tasas de las
hormonas de estrés. Llorar es nocivo para los recién nacidos; ello
restaura la circulación fetal y aumenta el riesgo de hemorragia
intraventricular y diversos otros problemas. La primera violación,
lo peor que puede ocurrirle a cualquier recién nacido, es la
separación de su madre, su hábitat normal. Esta ‘respuesta’ y su
impacto han sido descritos en un extenso artículo de Allan Shore
(2001)
La respuesta psicobiológica del bebé humano a los traumatismos se
compone de dos esquemas de respuesta diferenciados: la
hipervigilancia y la disociación (Perry et al)
En la hipervigilancia, el sistema nervioso simpático se activa
fuertemente y de forma brusca, con un aumento del ritmo cardíaco,
de la presión sanguínea, del tono y de la vigilancia; la angustia
de la criatura se manifiesta con llanto y alaridos... este estado
frenético de angustia, que Perry llama ‘miedo-pànico’, se conoce
como una estimulación ergotrópica... con secreción de tasas
excesivas de las principales hormonas del stress... que se
producen en un estado hipermetabólico del cerebro.
La disociación es el estado de reacción subsiguiente a la
respuesta al terror, con embotamiento y retraimiento; es un estado
de conservación y de repliegue, una respuesta del parasimpático
que sobreviene en situaciones en las que la persona no tiene ni
ayuda ni esperanza, una respuesta utilizada a lo largo de la vida,
por la cual el individuo se desconecta para ‘conservar su
energía’, una conducta peligrosa de supervivencia en la que el
individuo finge estar muerto; en este estado pasivo de profunda
desconexión, la tasa de opiáceos endógenos es alta, lo que produce
ausencia de dolor, inmovilidad e inhibición de gritos de angustia.
El tono vagal aumenta considerablemente con una bajada de la
tensión sanguínea y del ritmo cardíaco(...) en este estado, desde
el cerebro de la criatura, tanto los componentes del sistema
simpático que consumen energía, como los del sistema parasimpático
economizador de energía se activan (...) (provocando) alteraciones
bioquímicas caóticas, un estado de toxicidad neuroquímico para el
cerebro de la criatura en pleno crecimiento. (Shore 2001).
Cuando la criatura recupera su hábitat normal (el cuerpo de su
madre), se constata un rápido aumento de la temperatura y del
ritmo cardíaco. “Las llamadas de angustia ligadas a la separación”
han sido bien documentadas en las ratas (Alberts, 1994). Se ha
constatado llamadas de angustia similares en los bebés humanos en
cunas; estos bebés lloran hasta diez veces más que los bebés que
están piel con piel con su madre (Michelson et al, 1996). Además,
el llanto de los bebés que están piel con piel con su madre tiene
una tonalidad completamente diferente, y se ha sugerido que podía
tener el objetivo de lograr la ayuda de la madre para alcanzar el
seno y mamar (Christensen et al, 1995).
Los estudios neurocomportamentales actuales muestran que esta
reacción de protesta-angustia, que remite a estados asociados de
hipervigilancia y disociación, puede modificar la estructura
cerebral en el sentido de una menos buena adaptación, con
consecuencias en el comportamiento futuro.
La separación induce cambios en la eficacia fundamental de los
sistemas (McKenna, 1993). La separación precoz puede comportar
modificaciones importantes en la fragilidad ante las patologías
inducidas por el stress (Hofer, 1994). Los orígenes de muchas
desviaciones comportamentales son desconocidos; ¿podrían algunas
remontarse a las violaciones de nuestra programación innata?
(Kjellmer y Winberg, 1994)
Paradigma occidental y paradigma original
Hace falta comprender el paradigma biológico original del cuidado
del bebé, y por qué nuestro paradigma occidental ha llegado a ser
lo que es.
Desde el punto de vista de la evolución, en el momento del
nacimiento el Homo sapiens es extremadamente inmaduro. El volumen
de su cerebro no es más que el 25% del volumen que tendrá en la
edad adulta, contra el 45% de los chimpancés, y este porcentaje
todavía es más alto en el resto de los mamíferos. Se estima que se
trata de un compromiso, de una consecuencia del estrechamiento de
la cavidad pélvica que tuvo lugar al adquirir la posición erecta;
este estrechamiento hizo imposible el tránsito de un cráneo más
voluminoso. El cerebro prosigue pues su crecimiento después del
nacimiento. El Homo sapiens tuvo por tanto que desarrollar
mecanismos para hacer frente a su inmadurez. No obstante, el
nacimiento prematuro del pequeño ser humano no es una aventura
peor que la de otras especies animales, siempre y cuando la
criatura tenga su hábitat normal.
Algunos podrán pensar que el pequeño ser humano con su cortex
cerebral desarrollado, no es comparable a otros animales. Sin
embargo, habría que señalar que el cortex no remplaza las partes
más primitivas del cerebro, sino que, de hecho, depende totalmente
de ellas. La biología puede enseñarnos mucho sobre nuestra
humanidad. El Homo sapiens ha sido un ‘cazador recolector
tropical’ durante los últimos 3-6 millones de años. Los cambios
comenzaron hace alrededor de 10.000 años con el comienzo de la
agricultura, pero existen todavía pueblos de cazadores
recolectores tropicales que han sido estudiados por antropólogos
(Lozoff y Brittenham, 1979). Una cosa común a todos estos pueblos
es el hecho de que los recién nacidos y los bebés siempre son
llevados aúpas, que duermen pegados a su madre, que la
alimentación es una respuesta inmediata a su llanto, que maman
cada 1 ó 2 horas, y que la lactancia prosigue hasta los dos años.
Durante los últimos 100 años, este modelo milenario (el cuidado
atento y el ser llevado aúpas) se ha modificado y, en el nuevo
modelo, se acuesta a la criatura aparte (se la separa) con toda
tranquilidad; separada de su madre, se ignora su llanto; cada
cuatro horas se acude para alimentarla (el padre o la madre va al
nido), con una leche industrial (hecha a partir de la leche de
otra especie), y muy pronto se introducen otros sustitutos.
Lozoff et al (1977) estiman que esta modificación altera el
comienzo de la relación madre-criatura, Y que puede quedar
alterada más allá de los límites de adaptabilidad del bebé.
Semmelweiss identificó las infecciones como causa de la mortalidad
materna, y a finales del siglo XIX las infecciones eran una causa
reconocida de mortalidad en los prematuros. En Francia, para
proteger a los recién nacidos de las infecciones, Tarner y Budín
desarrollaron y pusieron en práctica el poner a los bebés en unas
incubadoras, con las paredes de cristal para que la madre pudiera
ver a su bebé y participar en los cuidados. Un alemán llamado
Cooney exportó este concepto a USA, pero excluyó a la madre
–cuando su propia hija y los amigos de eéta no le estorbaban-. A
medida que los cuidados de los bebés se fueron institucionalizando
en los hospitales americanos, se fueron excluyendo cada vez más a
las madres, como si fueran la causa de las infecciones en los
bebés. Como las madres quedaban excluidas, la alimentación con
leche industrial se convirtió en el medio práctico, y muy pronto
en el medio esencial de alimentar a los bebés. Esta evolución
social concluyó a finales de los años 50 (del siglo XX). Solo a
comienzos de la década de los 60 se comenzaron a hacer estudios
randomizados (=en muestras aleatorias) sobre los nuevos métodos.
El uso de la incubadora y la alimentación con leche industrial no
fueron nunca objeto de estos estudios.
El resultado es nuestro paradigma occidental, según el cual el
recién nacido es por lo general contemplado como un ser totalmente
impotente, y que tiene necesidad de ayuda para satisfacer sus
necesidades. Cuando el bebé nace a término, se considera que la
madre puede atender sus necesidades, tras una formación en
puericultura; pero si el bebé es prematuro, el personal sanitario
considera que debe quitarle a la madre el bebé para atender todas
sus necesidades durante un largo período.
continuar...
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